In memoriam de Papi Peña
Con la naturalidad con que hablan los que están seguros de su sentido de trascendencia se despidió de nosotros el hombre del que podemos predicar que fue: más humano que grande, porque nunca conocimos de él algo distinto al saludo caluroso, lleno de vida, de sinceridad y de una ingenuidad que sólo la poseen aquellos seres que como él se han liberado de su desierto y han alcanzado la serenidad y resignación del sabio.
Con emotivas palabras, llenas de tranquilidad, se despidió Rafael Luís Peña de sus amigos del Plan de Titulación. Aquellos que le visitaron el viernes pensaban que encontrarían a un hombre abatido por la angustia de saberse cercano a la muerte, y contrario a ello, encontraron al mismo ser humano de siempre, aquel cuya vida fue un testimonio de lo que significa hacerse a sí mismo, pues en su corto peregrinar entre nosotros, Papi, como lo llamaban sus amigos, se hizo maestro, padre, amigo y esposo. Siempre tuvo conciencia de la brevedad de la vida y de lo inútil que resultan las lamentaciones frente a lo inevitable y cual estoico romano eligió sin temores de ningún tipo el camino que consideró de mayor dignidad.
Es así como Papi Peña se despide de todos sus amigos para siempre; entre sonrisas y palabras llenas de vida, fe y esperanza. En alguna ocasión le comentó al Prof. Manuel Toribio, “…nacemos un día y otro tendremos que morir, estoy listo para cuando llegue el mío.” Indudablemente estamos en presencia de un hombre bueno que enfrenta lo inevitable de nuestra condición humana: sereno, alegre, práctico y lleno optimismo.
Esta actitud de entrega total hacia sus semejantes es lo que nos conduce a decir que Papi Peña fue más humano que grande; porque siempre supo darse por entero a los demás.
Papi, sabemos que nunca te propusiste ser inmortal y sin saberlo lo has logrado; pues al decir de Prof. Juan Bosch, “Nadie muere realmente mientras haya alguien que lo recuerde“ y tú querido amigo, tiene asegurado un puesto en nuestras memorias.
Te extrañaremos.
